Los que formamos parte de mi generación nacimos cuando la dictadura agonizaba y con ella su dictador, por lo que tuvimos la suerte de crecer en una España que empezaba a construirse sobre los cimientos de una naciente democracia. A diferencia de nuestros padres y de la gran mayoría que nos precedieron, tuvimos educación gratuita y la posibilidad de estudiar la carrera que queríamos si a cambio nos esforzábamos para ello. Se nos garantizó una larga lista de derechos y una tal vez no tan larga de obligaciones.
Creímos que la prosperidad y la bonanza económicas eran algo eterno y sin posibilidad de paso atrás y pensamos que con un título bajo el brazo y esfuerzo jamás nos iba a faltar un trabajo en el que demostrar que éramos la generación más preparada del país. Cuando nos hicimos mayores, no nos importó hipotecar hasta nuestros empastes para tener coche y piso nuevos, vacaciones en la playa todos los veranos y un armario lleno de modelitos para lucir palmito. Incluso, muchos de nosotros tendremos que esperar a soplar una tarta con setenta velas para celebrar, asimismo, que acabaremos de terminar de pagar la hipoteca de nuestra vivienda. Desde hace un par de años, la realidad se encargó de poner fin al cuento de hadas y comenzamos a verle las orejas al lobo. Nos faltan dedos para contar a los amigos que tenemos en el paro y de nuevo volvemos a conocer a quienes, con su título bajo el brazo, buscan desesperadamente un tajo de aceituna con el que asegurarse el condumio que llevarse a la boca. Hemos refrescado nuestras lecciones de Matemáticas para optimizar al máximo nuestro dinero y, en el mejor de los casos, llegar a fin de mes. No es mi intención la de buscar culpables, pero es cierto que los de mi generación andamos un tanto desorientados. Y que conste que a quienes nos precedieron ya les hubiera gustado tener una situación la mitad de la mitad que la nuestra. Lo que ocurre es que nos hablaron del lobo en pasado y cuando lo tuvimos enfrente ya era tarde para verle las orejas, porque nadie nos había enseñado que este puede volver de nuevo y diezmar nuestro rebaño. Posiblemente estemos pagando ahora el haber sido criados entre algodones.
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Yo soy de la generación intermedia, no viví la guerra. Conseguí con esfuerzo (sobre todo de mu padre) terminar una carrera, y, sí, viví en ese cuento de hadas, estoy hipotecado hasta más allá de los setenta, y no se me ocurre culpar a mi padre por no haberme enseñado todo lo malo que podía pasarme. Cuando termino una carrera universitaria, creo que ya debo de ser lo bastante mayorcito como para saber que las hadas y los duendes no existes.
Si oigo cantos de sirenas y me creo que los bancos me van a dar "duros a cuatro pesetas"(no creo que la frase quede bien en euros), es que soy un iluso, no es que el esfuerzo de mis padres fuera nocivo para mí.
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Actualizado ( Martes, 25 de Enero de 2011 13:18 )
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