La situación generada en torno al Parque de Bomberos de Orcera, que da cobertura a la Sierra de Segura, es un ejemplo manifiesto de una mala gestión política.
Los vecinos de la comarca se quedarán ahora a expensas del Parque de Úbeda, al menos durante seis meses, tras la decisión del cierre del segureño, en una solución que no deja contento a nadie: ni a los bomberos que actualmente allí trabajan, que ven peligrar sus puestos de trabajo; ni a los bomberos de Úbeda, que consideran inasumible dar cobertura a un incremento tan considerable de población; ni a los vecinos de la comarca, que ven cómo se aumenta la distancia en caso de intervención y, consecuentemente, el tiempo de respuesta en un siniestro o un incendio en sus viviendas o en su entorno.
Los alcaldes y la Diputación Provincial, la mayoría de ellos del mismo signo político, buscan una solución de parcheo en lo que significa un claro retroceso en los logros de cobertura a la comarca, tratando, a mi modo de ver, a los vecinos de Segura como ciudadanos de segunda categoría. Son estos los que, al final, acaban pagando una mala gestión de la situación, cuya única salida es la huida hacia delante y optan por escudarse en el futuro con el fin de tapar o maquillar lo que se ha hecho mal. No quiero ser agorero ni catastrofista, pero, en el hipotético caso de que ocurra un accidente o un siniestro que pueda cobrarse vidas humanas por la tardanza en la respuesta, ¿a quién sería achacable la responsabilidad de lo ocurrido? Nuestros gestores deberían tener los dedos bien cruzados durante estos seis meses y encomendarse a todos los santos para que eso no ocurra, porque es lógico que se considerase un hecho imperdonable que un parque de bomberos equipado se quedara como elemento decorativo en el paisaje serrano mientras se pone en juego la seguridad de los vecinos. Los mismos a los que en poco más de año y medio pedirán que les den su confianza en las urnas en forma de papeleta con el logotipo de su partido. Argumentos y razones no les faltan a nuestros políticos para materializar el cierre, pero dentro de su argumentario olvidaron un elemento tan útil para quienes gobiernan como el sentido común. Algo que, con demasiada frecuencia, suelen dejar guardado en el último cajón de sus despachos.
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