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URGENTE

Una mujer con especial amor a su familia

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03/03/2019
 Por Silverio Fernández Sáez
Por Silverio Fernández Sáez

Te has ido al Cielo. Nos dejaste y sin ti, ya nada es igual. Tu vida y tu compromiso, Josefa, siempre estuvieron volcados hacia tu familia y hacia los buenos amigos de los que supiste rodearte porque, tuviste un corazón tan grande, que apenas tuviste enemigos, si es que tuviste alguno. Estamos, prácticamente, en el séptimo aniversario desde que fuiste llamada al Cielo porque eras de las mejores y más maravillosas mujeres del mundo. Por eso sigues estando presente en la mente de tus más allegados. Eras una persona querida por todos y una apasionada de amor con tu familia, especialmente con tu marido, Alfonso Fernández, con el que estoy seguro de que te has reencontrado en el Cielo, así como con tus dos hijos, con tus vecinos de La Carolina y, en definitiva, con la gente humilde y sencilla con la que también supiste codearte.

Nunca se me olvidará la gran cultura y formación educativa que siempre tuviste. Sirva como ejemplo que, cuando todavía no se habían inventado los ordenadores, tú fuiste la encargada de transcribir, con tu buena y legible letra, todo tipo de documentos que tu cónyuge necesitaba para su empresa de construcción y albañilería. Tampoco se me olvidan los buenas comidas que elaboradas cuando nos íbamos con otras familias a echar un día en el campo mientras los niños jugábamos con el balón sobre la verde hierba de los distintos parajes naturales hasta los que nos desplazábamos en aquel famoso Renault 6 que tenía Alfonso. Además, siempre te desvivías por contentarnos con todo aquello que te pedíamos, tanto mi hermana Adriana como a mí. Siempre te caracterizaste por ayudar, en lo que pudieses, a los demás porque fuiste todo bondad, dulzura, ternura y generosa.

Pero no todo queda ahí, ni muchísimo menos. Y es que el amor tan especial que tenía Josefa en su interior y hacia los demás le hacía acercarse a la naturaleza a través de las plantas mediante un jardín que mantuvo con plena belleza en su hogar y que siguen manteniendo tu hija Adriana en tu honor. En Pepi, como la gente la conocía y llamaba todos las que la conocieron, todo era bondad y alegría, en cualquier circunstancia. Ahora estoy totalmente seguro de que descansas en paz en el Reino de los Cielos porque amabas a Dios y a tu querida imagen de la Virgen Milagrosa por encima de todas las cosas, cuya imagen tuviste la oportunidad de que visitara tu sencillo hogar, en una pequeña urna, numerosas veces a lo largo de tu vida. Por eso, aunque estés ausente, estoy muy orgulloso de mi madre, Josefa Sáez Páyer.