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sábado, 03 diciembre 2016
19:22
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URGENTE

En los últimos días de octubre fallecía en Martos Juan Aguilera Ocaña. Un hombre bueno. Fue uno de los muchos marteños que tuvieron que dejar Martos para hacer frente a la vida en nuevos horizontes en los que pudiera ampliar sus conocimientos y, de esta forma, encontrar una manera de que viviese mejor su familia. Así lo hizo. Trabajó como delineante y llegó a ser encargado general de Urbi.

Juan era un hombre tranquilo, con las ideas muy claras, tanto en la construcción como en la música; hasta el extremo de ser uno de los pocos músicos que quedaban de la antigua Banda Municipal marteña. Pero la pasión por la música nunca la perdió y la alimentaba diariamente en su casa. Además, poseía un conjunto de instrumentos en miniatura preciosos.

Entrar en su domicilio era entrar en un museo. Allí tenía cuadros de viejos recuerdos de sus compañeros, los antiguos componentes de la banda y las fotografías de quienes la componían. Además, hizo en su piso dos pequeños habitáculos, uno de verano y otro de invierno, donde se encerraba con herramientas como un torno diminuto, agujas, cola, brochas y otros utensilios que le eran necesarios para hacer esos preciosos trabajos que realizaba con pirografía y que solo son capaces de hacer las personas dotadas de paciencia y mucho arte. Pero es que Juan Aguilera tenía otra faceta artística para la que era necesario tener mucha habilidad y destreza, como era un conocimiento del dibujo y de los planos para hacer esas obras de arte donde han quedado plasmados los edificios más emblemáticos de Martos: el Ayuntamiento, el casino de la Amistad, la Plaza, el Hotelito, la Casa de la Cultura, el campanario de Santa Marta, el Teatro Municipal y, últimamente, un cuadro con el escudo. En los lados, los músicos ilustres marteños con pirografía.

Los trabajos de Juan sorprenden por la profusión y diversidad, tocando temas muy variados, con una exposición que gravita alrededor de los edificios más sobresalientes de Martos. Él buscó en la historia de la ciudad de la Peña y lo inmortalizó para la posteridad. Las obras de Juan nos permiten hacer un recorrido por la arquitectura de nuestra ciudad. Juan fue un creador excepcional, un marteño amante de nuestra historia, un caballero y un hombre generoso con el tiempo dedicado a Martos. Se mantuvo activo hasta su muerte, haciendo en sus ratos libres verdaderas obras de arte, buscando las raíces del pasado y manteniendo vivos los monumentos marteños que todavía están en pie. Los inmortalizó.

Lo que hacía Juan era como un juego donde el estudioso se convierte en un gran maestro. Era una manera de concebir la belleza de nuestros edificios, pero siempre buscando los signos de identidad de Martos. Cada paso que uno daba en su casa era una nueva sorpresa donde te encontrabas con una exposición de los temas más variopintos. Juan hacía muchos años que abandonó Madrid, donde trabajó como delineante, en busca de la paz y de un hogar tranquilo, habitable, que le permitiera dedicarse a sus aficiones como maquetista y músico. Decidió huir de los muros de hormigón, el aire enrarecido y el ruido. Durante estos últimos años vivió con su esposa Lola y el recuerdo permanente de sus hijas, Dulce y María del Carmen, que vivían fuera de Martos.

Su casa invitaba a la reflexión y a la tranquilidad en un mundo acelerado que cada vez tiene menos tiempo para detenerse a aprender el pasado.