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sábado, 15 junio 2019
23:30
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URGENTE

Cuando se trata de transmitir sentimientos, sean estos de la clase que sean, la música se erige en vehículo mágico cuyo nivel de efectividad se aleja por completo de cualquier eco, cercano o remoto, de duda. Cabría pensar que sobra arrancar cualquier crónica con una perogrullada de proporciones ciclópeas como esta, pero es en ocasiones necesario recordar de forma adecuada los porqués que definen y marcan nuestra existencia.

El Auditorio de La Alameda acogió el sábado un concierto, sí, pero no un concierto cualquiera. Detenernos en la superficie nos llevaría a caer en un error imperdonable. Y es que hacer música, la hacen muchos, pero lograr mantener en una vibrante pausa no sólo el corazón, sino todas y cada una de las articulaciones, la saliva en la tráquea, la respiración en los poros, el espíritu entero acaso, sólo lo logran unos pocos. El que faltó a la cita podría pensar que es fácil caer en la exageración y que, incluso, tras estas primeras palabras, uno ya se ha convertido en presa fácil de ella, y ese es el motivo que nos lleva a caer de nuevo en el tópico: efectivamente, es necesario haber estado allí para ser capaz de comprender este sentimiento.

La estampa del auditorio entero expectante, todos los asistentes guardando un ceremonial y penumbroso silencio, justo antes de que Apache apareciera en el escenario, es de las que quedan cinceladas con genuino trazo en la memoria. Apache, Apache, Apache, esas seis letras rebotando en las paredes craneales como si fueran un conjuro pretérito. Apache, Apache, igual que si se trataran de una bestia apresada tiempo ha que prepara con ansia su retorno. Apache. Y, de repente, como si fuera la sonrisa burlona del gato de Cheshire danzando en mitad de la nada, aparece la figura de Luis Miguel Peláez vistiendo las plumas legendarias del jefe indio. El clamor estalla, la vibración grupal despega, la comunión se convierte ya en grito desgarrador e indomable.

No pudo ser de otra manera cuando todos los asistentes sabían de sobra que Apache representa precisamente eso, el despertar de una fiera interior que a diario vive reprimida por la vorágine urbana, el recuerdo de quiénes fuimos y quiénes seguimos siendo, la lucha incansable por triturar las leyes naturales, por frenar la metástasis del olvido, que es la más terrible de las enfermedades. Y, para emprender tal misión —acaso osada, acaso suicida—, ¿cómo no iban a servirse de la música? ¿Cómo ni iban a utilizar un lenguaje que se sobrepone al paso de las épocas?

Es la música —pero no sólo la música, el rock, su forma más salvaje y, a la vez, conmovedora— la que permite que, en tan sólo un segundo, pueda establecerse una unión tan firme entre artistas y público como la que se dio en el Auditorio de La Alameda. Pero es que ese carácter universal permitió al grupo asumir el riesgo necesario para emprender su audaz meta de esquivar a La Parca mezclando su clásico estilo, como si se tratara de un espumoso y largo beso, con el de la Joven Orquesta Sinfónica del Sur de España dirigida por Rogelio Rojas, el tenor Miguel Ángel Ruiz, las cantantes Mar Blanco y Laura Baños, y el Coro Ensemble Vocal Jaén Jazzy, para alumbrar su espectáculo sinfónico. Junto a ellos y a sus antiguos integrantes Apache interpretó, entre otros temas, Englishman in New York, Dust in the wind y Stairway to Heaven.

David Navarro puso la nota de humor, con sus ocurrencias sobre “Jaén, Jaén”, para dotar la cita del necesario toque desenfadado. Lo saben, sí, aquellos que estuvieron presentes. Porque para sentir hay que estar. Apache, desde luego, supo estar y estuvo.